El libro de Isaías

lunes, abril 07, 2008

Carmen Cecilia Suárez, cuentista


Un libro breve, con 37 cuentos tensos, discretos y punzantes, sorprendió en 1988 a los lectores colombianos. Por eso, en el prólogo a la primera edición de Un vestido rojo para bailar boleros, Jorge Eliecer Pardo, con exactitud escribió: “El Libro que usted tiene frente a sus ojos seguramente le quemará las manos, le hará pasar saliva”. Aunque ya mucho se ha dicho, la literatura colombiana –como muchas otras literaturas del mundo- no tienen una tradición que linde con las historias del Decamerón o con las de los novelistas europeos del siglo XIX. Tuvimos escultores en la era precolombina que testimoniaron, en las costas del Pacífico, la presencia de un erotismo que, como en la India, se conjugaba con los preceptos de los dioses mayores. Pero el arribo de la cultura occidental cristiana la desangró hasta arrinconarla en la más secreta de las esferas del inconsciente humano. Con resultados contradictorios para el individuo y la sociedad misma, porque el confinamiento de las expresiones eróticas tanto en la vida familiar como en las artes, sólo produjo crímenes –como los relatados por Rodríguez Freyle en El Carnero- y un empobrecimiento grande en las artes plásticas y literarias.
La sociedad colombiana, en particular, se acostumbró a respetar los preceptos morales y religiosos impuestos por la Iglesia Católica, que al pasar por España, radicalizaban ciertas interpretaciones de las tablas de la ley de Moisés, adulterando muchas veces el sentido primigenio de los razonamientos religiosos cristianos. Y, al mismo tiempo, esa sociedad abrió los cauces para brindarle salida a todas las manifestaciones de su mundo interior, de su sexualidad, de su sensualidad. Como en la historia memorable de Robert Louis Stevenson, El extraño caso del Dr. Jkyll y Mr. Hyde, la sociedad colombiana cumplía de día con los mandamientos de la Ley de Dios, y por la noche con los de Mr. Hyde.
Este comportamiento contradictorio, de aceptación y negación simultáneo, de aceptación de unas reglas que por violar la naturalidad de la conducta heterosexual humana, siempre resultaban desconocidas, con el tiempo dio resultados para la vida familiar colombiana. La inexistencia, por ejemplo, del divorcio, dio origen, desde los códigos mismos, al establecimiento penoso de los hasta hace poco llamados “hijos naturales”. Porque de día el hombre y la mujer cumplían con el matrimonio, y de noche –de la mano de Mr. Hyde- trataban de ponerse a paz y salvo con los secretos del inescrutable mundo del otro “yo”.
La fragilidad de esas relaciones, que se ataban desde afuera, y no desde dentro –que es desde donde conviene atarlas-, son las que ahora, en este libro parsimonioso y tirante, de Carmen Cecilia Suárez, vuelven a ser cuestionadas o recreadas, y en ambos sentidos es útil tratarlas.
Porque a veces ella parece reclamar una nueva visión del mundo de la pareja, y en otras, simplemente, poetiza –si se me permite, situaciones que arrancan de allá.
En la base, de todas maneras, todas estas 37 historias devienen de la manifestación frente a la situación actual de la pareja. Los dos polos complementarios, que constituyen, por naturaleza, la unidad sicosomática y espiritual por excelencia, la mayor parte del tiempo parecieran vivir desconectados, aislados, con sus fuerzas de atracción desgastadas de manera insospechada. ¿Por qué? Esa es la pregunta mayor de Carmen Cecilia. ¿Por qué debo esperar tanto en la cafetería, incluso después de agotado el tinto, sin que nadie llegue? ¿Por qué debo colocar un aviso en la ventana pidiendo la presencia de una compañía?
La pareja continúa –mucho más entre nosotros que aún no logramos poner en evidencia el misterio del Dr Jekyll y Mr. Hyde- desconectada, aislada, en una sola palabra, incomunicada. Y las consecuencias son esas extrañas y crujientes historias de amor de Carmen Cecilia, disparadas contra el telón de fondo de su inmensa soledad. Ella misma lo ha dicho: “La soledad no es el tema de las historias sino es como el resultado de las historias, es lo que dejan”. Es lo que genera la incomunicación: la soledad.
Sin embargo, la pretensión cuestionadora comienza a quedar un poco atrás cuando la literatura se apodera de ese querer de compañía y libertad, límites que, como en la propiedad privada y pública, suelen aniquilarse a sí mismos. Quiero decir que al descifrar las conductas de hombres y mujeres incomunicados, las tesis se olvidan, y la literatura da paso a una serie de situaciones creativas donde no cabe sino la complejidad del ser humano. Carmen Cecilia Suárez, en este sentido, recupera, por ejemplo, con prudencia y tino, la terminología sexual, negada y excluida en la generalidad de nuestra literatura. Y lo hace como quien viniera de la India o de Las mil y una noches. Equipara esas palabras con las usuales, no secretas, para que estas ganen sensualidad y aquellas tengan el privilegio de compartir la luz del día. Esa es la distancia entre lo erótico y lo pornográfico. Así gana una sensualidad en sus cuentos que se dilata y se aparece en todo el libro hasta hacernos olvidar su alegato principal –la soledad de la pareja-, en cambio, nos sume en el pasado y el futuro de lo erótico. Por eso el libro es nostálgico, y no veo nada reprochable en eso. Al contrario, creo que si a la soledad se llega por la incomunicación previa de la pareja, la esperanza –la utopía dirían otros- emerge del libro por el sentido nostálgico del erotismo. Una de las llaves secretas, sobre la cual la pareja nunca discurre porque sigue siendo el tabú religioso por excelencia, para romper la incomunicación, sería el acceso a la libertad necesaria que posibilitara un diálogo sobre las intimidades del ser sensual y sexual. Es entonces cuando estos cuentos violan todos los cánones religiosos que sometían al destierro a las imágenes eróticas. Cosa no del todo usual en esta clase de literatura, donde el erotismo resultaba ser un sucedáneo de la realidad, a veces, impracticada. El canon religioso prohibía recordar los actos eróticos, y prohibía imaginarlos hacia el futuro. Y son esas dos instancias las más presentes en el libro, el amor que pasó, o que no alcanzó a pasar, o el que podría sobrevenir.
En ellos dos, asentados sobre la soledad, su única compañera, el erotismo se tensiona, se agiganta, se agudiza, y, sin pasajes morbosos, sin la pesadez de las descripciones que matan el erotismo, nos apremia para que entendamos su misión redentora dentro del proceso de comunicación de la pareja. En esta misma dirección, desde el punto de vista artístico, expresivo, en algunos de los cuentos se acude al expediente virtuoso del sueño como recuerdo y al recuerdo de los sueños –el sueño como parte de la muerte anticipada, y el recuerdo del sueño en la vida postergada-, donde las márgenes del erotismo, de la comunicación sensual entre los seres humanos, se amplían y adquieren el goce mágico de la subconsciencia.
En esa búsqueda de la comunicación de la pareja, que no se reduce a lo erótico, desde luego, que tiene que ver con una concepción diferente de la libertad individual del hombre y la mujer, en los textos encontramos dos extremos opuestos. El de un cuento como “Lejanía”, donde la mujer dice “soy” inalcanzable para ellos y ellos para mí”, que concuerda con aquella, casi derrotada, secuencia del cuento “Desde la ventana””, donde una mujer se dice “Es entonces cuando crees que tus manos no han podido dar ni engendrar amor”, y se promete no volver a amar “Para no sentir otra vez que te has entregado sin haber dejado huella”, ejemplos que por lo demás desvirtúan la posibilidad de estar planteando una literatura feminista; y, de otro lado, en el otro extremo, la posición –casi singular por lo única dentro del libro, pero que corresponde a la verdad de la realidad contemporánea- de un cuento como “Un vestido rojo para bailar boleros”, que resuelve la consciencia de todas las demás historias luego de discutir y compartir las pequeñas ambiciones íntimas, secretas, jamás antes enunciadas por los dos protagonistas. De manera significativa –no sé si sea algo deliberado en la autora-, este cuento, que es único entre los 37 del libro, que no recuerda ni pospone, ni prefigura la compaginación sexual de los amantes, sino que lo realiza, es el que le da el título al libro.
Quedan otras zonas por despejar en el libro y que tienen que ver con la libertad y la estructura monógama, bígama o polígama del hombre, o con otras facetas de la vida sentimental dentro del mundo moderno. En estos cuentos unitarios quedan planteadas, pero, casi con seguridad, serán abordados en la futura novela de Carmen Cecilia Suárez, quien con la paciencia y eficacia de los boleros, y con la pasión de los vestidos rojos –símbolos audiovisuales que no debemos olvidar-, nos ha entregado una ópera prima capaz de desencadenar reacciones múltiple frente a la literatura colombiana y al ser de cada uno de nosotros mismos, que quisiéramos estar siempre menos solos, más amados, menos destrozados.
(Leído el 31 de octubre de 1988, en la Cámara de Comercio de Bogotá, en la presentación de la tercera edición del libro, e incluido en una nueva edición de abril de 2008).

martes, abril 01, 2008

Las chivas de Cecilia Vargas

En el sur, los caminos iban tejidos de balastros primitivos y sobre ellos transitaban las chivas. Dicho de otra manera, los caminos no se distinguían de las carreteras porque apenas habían dejado de ser trochas para convertirse en los carreteables que desembotellaban el comercio campesino. Y por esas trochas, las únicas que se animaban a pasar eran las chivas, o los mixtos, que eran los mismos buses escaleras.
Nosotros, desde el caballo o desde la vereda vecina, veíamos las chivas avanzar en medio de rugidos. Camufladas en grandes tendidos de polvo, aparecían y resurgían milagrosamente. Trepaban lentas las lomas, pero seguras. No parecían nunca cansarse. La gente las animaba con sus gritos y, a veces, las aplacaba con sus silencios. En sus bancas, que atravesaban de lado a lado el carro, en la incomodad más colectiva de todas, los pasajeros asumían cualquier hora de partida o de llegada. La chiva no tenía afán jamás. Los pasajeros tampoco. Los de arriba –porque toda chiva llevaba cupos dentro y fuera, arriba y abajo, atrás y adelante, y pasajeros y menajes se confundían en una sola naturaleza- alegraban la marcha con sus gritos y sus chismes. Los de adentro, hablaban o dormían el recorrido, que en el tiempo siempre era incalculable.
Quienes habíamos nacido a las orillas de esos caminos, que entraban a plazas de mercado o a parques municipales, igualmente, tapizados de piedras y arenas milenarias, veíamos con curiosidad y complacencia el ingreso de las chivas al pueblo, animadas por el coro de los vecinos del mundo.
Esas chivas desaparecieron –las de mi adolescencia-, y hoy las alabamos –como se alaban los mitos- en las manos de Cecilia Vargas, quien un día tomó el barro, al comienzo de la creación, y con formas y colores, con temas y sentidos, las transformó en arte para siempre, en realidad.

domingo, mayo 27, 2007

Carlos Garayar y otros escritores peruanos




En la década del 60, cuando se suicidó, José María Arguedas dejó el precedente de pertenecer a una literatura que ardía con las brasas de su realidad. Una literatura tan compleja como sus cordilleras, sus ríos y su mar, sus alturas indescifrables y sus olas migratorias. Arguedas fue recogido, en el mejor momento, por Mario Vargas Llosa, en todos los sentidos: continuó su indagación por el Perú, y respaldó su obra que se alejaba del viejo y falso indigenismo.
La inmensa generación del 50, de narradores y poetas, con Julio Ramón Ribeyro o Javier Sologuren, a la cabeza –no olvidar que Ribeyro es anterior a Vargas Llosa, aunque su fama le haya llegado tarde-, y luego tantos otros escritores –hoy ya olvidados algunos- que continuaron la rica tradición literaria peruana en los 70s. –Eduardo González Viaña, Bryce Echenique-, son, quizás, la antesala de la racha de triunfos de algunos de ellos por estos días.
Blanca Varela (1926), a la vez que sufría un accidente cerebral, ganaba la XVI versión del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, en España, donde el año pasado le habían otorgado el Premio García Lorca de Poesía, en Granada. Ese puente existe, de 1959, fue el libro que desencadenó una vertiente profunda, íntima y conmovedora de la poesía peruana. Sólo que Blanca Varela había rejuvenecido en los últimos años, en lugar de envejecer. Así lo demostró en su antología, Donde todo termina abre las alas (2001). Ella dijo alguna vez: “toda la palidez inexplicable es el recuerdo”.
Alonso Cueto, también limeño, de 1954, un narrador de tiempo completo, ha sorprendido con dos premios en los dos últimos años: El Premio Herralde, de la Editorial Anagrama, en 2005, con su novela La hora azul, y el segundo premio de novela en el reciente concurso de Casa de América y Planeta.
Santiago Roncagliolo, el más joven de ellos (1975), hecho en el exterior, como Mario, Bryce o Ribeyro, autor de un libro de cuentos reconocido, Crecer es un oficio triste, ganó el último premio de novela de la Editorial Alfaguara, con una elogiada novela, Abril rojo.
Son autores que sondean en la vida del Perú, de su vida pública o de sus vericuetos íntimos.
Y ahora se agrega una opera primera, editada por Alfaguara en Lima, llamada El cielo sobre nosotros, de Carlos Garayar (Lima, 1949), profesor de la Universidad de San Marcos, crítico, cuentista y antologista, novela que nos acaba de llegar y que nos atrevemos a anunciar como otro gran logro de la narrativa peruana.
De Blanca Varela a Carlos Garayar, nombres que sacuden una tradición múltiple, siempre buceando en ríos profundos.

viernes, abril 27, 2007

Noventaynueve llega al No. 7



El mejor homenaje al poeta colombiano Jorge García Usta, muerto en Cartagena a finales del año pasado, cuando apenas llegaba a la mitad de su vida, es continuar con proyectos que él amaba, como este de la revista Noventaynueve, que ahora aparece bajo el No. 7, bajo la dirección de Gina Ruz Rojas, una de las sucesoras de Jorge más acuciosa e inteligente.
Cartagena está en venta, a ella llegan los reyes y los negociantes, los amigos de Gabo y los arquitectos que rearman una ciudad que vivía muy tranquila, dentro y fuera del corralito de piedra, y pareciera cambiar de rumbo. De eso, y de su pasado de miseria y riqueza, escriben Aarón Espinosa, Freddy Ávila, John J. Junieles, Elisabeth Cunin y Moisés Rocha.
Pero a Gina le interesa que, también, entren a una revista que es de “investigación cultural”, los escritores, y van tres cuentistas: Eduardo Mendoza, Julio Benítez y Rafael Chico. Y cuatro poetas, uno de ellos, decimero: Fernando Linero, Felipe Martínez, Gustavo Arrieta y Alejandro Martelo. Y mucho más: un excelente texto de García Usta sobre el ego de Rafael Escalona. Cosas de Roberto Burgos. Un homenaje a don Juan Gossaín (como le dicen sus compañeros de radio). Juan Santana Vega escribe de Noel Petro, el cantante torero de tantas travesuras en la vida. Y otros ensayos de mucha importancia. Y reseñas de libros, de gran calidad.
Correo: direccion@revistanoventaynueve.org


jueves, abril 12, 2007

Gerardo Meneses, en lista





La novia de mi hermano –el libro ganador del primer premio en el Concurso Internacional de Literatura Juvenil de la editorial ecuatoriana Libresa, versión 2006- confirma la vocación demostrada por Gerardo Meneses (Pitalito, 1966) en otros premios ganados en anteriores oportunidades: el de literatura infantil de Fomcultura para autores huilenses (Neiva, 1998), con el libro Danilo Danilero, cabeza de velero; la Mención Especial X Concurso Nacional de Cuento Infantil (Comfamiliar del Atlántico), con Tato tiene novia (Barranquilla, 2002), reeditado después por Educar Editores (Bogotá, 2005) con otro cuento, “Carmela tiene la rara virtud de leer los sueños”; la selección en 2004 de su novela corta (o relato largo), Un beso para Lucy, en el Concurso Internacional de Literatura Juvenil de Libresa, editado en Quito en 2005; y el primer premio del XIII Concurso del Cuento Infantil (Barranquilla, Comfamiliar del Atlántico, 2005), ilustrado por María Osorio Caminata.
Lo anterior significa que Gerardo Meneses, el profesor de la Normal de Pitalito, el licenciado en español y literatura de la Universidad Pedagógica de Colombia, de Bogotá, el periodista de radio y prensa escrita, en los últimos diez años se sumó, con libros y reconocimientos, a la lista de escritores colombianos destacados en la llamada literatura infantil y juvenil. Pronto Panamericana y Alfaguara editarán otros títulos suyos.
La novela corta, o el relato largo, premiado en Quito, La novia de mi hermano, resume, en cierta forma, los rasgos que han caracterizado su literatura. Claridad en la historia, profundidad e inteligencia en el manejo de los personajes y dominio de la composición narrativa. Sus personajes surgen sigilosos de los salones de clase, y niños y niñas, ya adolescentes –con problemas imprevisibles y soluciones enredadas-, se encaraman en unas tramas tan divertidas como complejas, que abarcan, en esta novela, el pasado de la escuela, el presente del colegio y los exteriores en un pueblo que crece con la adolescencia de los recién enamorados.
Uno de los hechos más admirables en la literatura de Gerardo Meneses tiene que ver con el manejo de esas conductas comunes de quienes viven entre el colegio de secundaria y los espacios externos al salón de clase: una piscina en el hotel, un parque, una heladería, un ancianato, una cancha de deportes, un río a las orillas del pueblo, una calle, un solar, un bailadero. Más que cualquier circunstancia pedagógica, religiosa, social o económica, en este relato largo lo que afecta al lector es la relación personal de aquellos muchachos que estrenan emociones y temores. El génesis de la relación de pareja, en el remoto momento de la adolescencia, adquiere en Meneses unas proporciones insospechadas. Para eso, se vale del humor, del temor, del horror a la comunicación sentimental, de los atavismos que cierran el camino –desde la adolescencia- al sosiego amoroso de dos seres humanos. Y mientras en la noveleta avanza tortuosamente, como una tortuga que patina en el piso, la aproximación de dos jóvenes de apenas 13 o 14 años, de manera paralela nos enfrentamos –sus lectores- a la pérdida de la esperanza porque el afecto entre dos seres desiguales –causada por la naturaleza biológica-, un niño normal y otro anormal, va a romperse a mitad de camino.
Entre bambalinas, al fondo, una historia de amor avanza, esta vez perteneciente a la literatura universal (los niños de Meneses siempre leen, o al menos hay uno que induce al otro al afecto a partir de la lectura). Y la verdadera, la del libro que leemos, se sobrepone a la literaria, la que leen los personajes, siempre con el dolor que asiste a la presunta felicidad.
La novia de mi hermano –la novia de cada uno de los dos hermanos, la una, ficticia y la otra, real- sorprenderá a quienes no conocían a Gerardo Meneses, y consolida una literatura juvenil muy fresca, de gran envergadura psicológica, y de un impresionante uso de los diálogos entre los adolescentes.
Por favor, aunque la prensa colombiana aún no se ha dado por enterada de los premios nacionales e internacionales de Gerardo Meneses Claros, ustedes pónganlo en la lista de los buenos escritores de este difícil género literario, el infantil y juvenil.

domingo, febrero 04, 2007

Alejandra Jaramillo Morales


No es fácil, en un país como Colombia, con una democracia tan frágil, escribir sobre esta primera novela de Alejandra Jaramillo Morales, La ciudad sitiada, aparecida a finales del 2006.
Se podría decir que para un país tan contrahecho, Alejandra ha escrito una novela contrariada y contradictoria. Ningún país del mundo, incluido el conflicto árabe-israelí, ha prolongado tanto la solución a sus confrontaciones sociopolíticas. Y, en buena parte, se debe a la falsedad de sus diagnósticos, a la ideologización de sus causas, a los eufemismos y a la necesidad de imponer los intereses y criterios particulares sobre los de la nación. Digo esto porque la novela juzga las dos últimas décadas de la confrontación entre el estado colombiano y las fuerzas insurgentes, mezcladas con el fenómeno del narcotráfico y las autodefensas, poniendo en un mismo nivel a militares, guerrilleros y paramilitares. Partir de ese razonamiento y así asumirlo en la novela –como con frecuencia se hace en nuestros medios-, conduce a incurrir en una serie de contradicciones en el momento de desarrollar el argumento de la misma. La novela trae un epígrafe coherente de Juan Eduardo Cirlot, que luego no se tiene en cuenta: la ciudad me odia, por eso mi única patria es mi corazón y por eso me regocijo con la destrucción de la ciudad. Es todo un argumento. Pero en La ciudad sitiada nadie odia al narrador, ni a los protagonistas, y sí se asume un amor por una patria que se confunde con una bandera de tela y no con un propósito nacional. (El asesinato de Yolanda Izquierdo la semana pasada en Montería, una dirigente pacifista que reclamaba sus derechos legales, demuestra una vez más que sí hay diferencias entre las distintas fuerzas del conflicto social y que hay causas económicas que los sustentan).
El argumento de la novela se divide en dos partes que no son consecuentes, si se mira con cuidado estético. Se construyen unos personajes que van a liberar a esa “patria”, con una intensidad y extensión equivalente al 98% de la novela, para en un paginaje del 2% mandarlos a la picota, sin ningún desarrollo argumental, ni narrativo. Esto conduce al problema más serio que tiene la novela: el narrador, al final de la novela, en dos páginas, pasa a manejar como marionetas a los personajes (en la p. 185, el narrador dice de uno de los personajes principales: “Ay, pero pobre Flora”, y suplanta los sentimientos y los propósitos del personaje y decide lo que él quiere. No se sabe quién es el narrador, pero suena a autor camuflado, porque hasta el lenguaje cambia. Entonces, la novela se desdibuja y se convierte en un argumento narrativo puesto al servicio de una tesis social del autor.
Sin embargo, ¿por qué terminé de leerla y por qué escribo estas líneas?
Porque, a pesar del a veces monótono tono monologista y de algunos intereses sociológicos y filosóficos –que en ese tono le van mal a la narración-, el lenguaje literario de Alejandra Jaramillo (no digo del narrador de la novela, para no contradecirme) es excelente y sumamente atractivo. No existe la menor duda de que ella es una escritora. Se deleita uno leyéndola, es de una gran sensibilidad y muy inteligente. En pocas novelas colombianas, de tantas que hay ahora, he leído páginas que recojan con tanta solidez las relaciones entre mujeres y entre mujeres y hombres. Las páginas dedicadas a escenas o situaciones eróticas, le hacen pensar a uno que si Alejandra Jaramillo hubiera escrito una novela, no sobre la violencia colombiana, sino sobre las intimidades del ser humano, fauno o guerrillero, habría producido una novela excepcional. Estaríamos sitiados por su novela. (A propósito, el título no me parece que corresponda a la novela, porque la ciudad no está sitiada, ni está sitiada Flora; parece ser otra de las contradicciones que parten del mal diagnóstico de las fuerzas políticas del país, o del desacuerdo entre la idea del narrador y la propuesta de la autora).

Por último, la novela posee unos capítulos de gran calado, como cuando nos hace recorrer a Bogotá por el centro, por los lados de Marielita, y digo que pega duro ese “Naranjo en flor”, “Sur” y otros tangos de marca mayor. Debo decir que, sin lugar a dudas, tenemos novelista, pero no novela. Y eso me satisface.

jueves, enero 18, 2007

Por Nahum Montt


Alguna vez le pregunté a Nahum Montt por su segundo apellido –que nunca pone en sus escritos- para saber si era colombiano. (“Nahum” es una palabra hebrea que significa “rebosante de consuelo”). En efecto, Nahum nació en Barrancabermeja, Magdalena Medio, Colombia, en 1967. Estudió literatura en la Universidad Nacional, donde fue un alumno destacado, hizo conmigo el Taller de Escritores de la Universidad Nacional, se volvió Maestro en Educación en la Universidad Externado de Colombia y ahora dicta talleres para escritores jóvenes, además de haberse dedicado a la escritura de cuentos y novelas en las altas horas de la madrugada. Después de fungir de editor por algunos años en un lejano Astillero y de la locura afortunada de su matrimonio con La Mona, de su disciplina y tesón, surgió El eskimal y la mariposa, obra con la que ganó el Premio Nacional de Novela Ciudad de Bogotá en 2004.

Por estas madrugadas sigue dándole duro a la escritura de su novela sobre el drama y la tragedia de un hombre que era cómico, Rodrigo Lara, mi compañero de banco en la Facultad de Derecho del Externado de Colombia. (Mucho antes, había escrito una buena novela sobre la vida subterránea de José Asunción Silva, novela que él aborrece hasta el momento).

He hablado de Nahum en lugar de Miguel de Cervantes Saavedra, porque de don Miguel y del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha se habló por montones cuando se cumplieron, en 2005, los 400 años de su publicación. Pero aclaro que Nahum Montt escribió y publicó el año pasado, en Panamericana Editorial, una excelente biografía sobre Cervantes, que da cuenta del hombre, la época y su obra, escrita con la versatilidad de su lenguaje narrativo que todo lo atrapa con sencillez, claridad y profundidad. De las letras a las armas, Cautiverio en Argel, De las armas a las letras, Cervantes recaudador, Primera parte de El Quijote, Nadie tan necio que alabe a El Quijote, El caso Ezpeleta, De viaje por el parnaso español, El regreso de Don Quijote, La agonía como creación literaria, Cervantes imaginado, Cronología y obra, Bibliografía, son los capítulos que integran las 132 páginas del libro Miguel de Cervantes. Versado en desdicha, otro título que sumamos a la bibliografía de este barramejo incansable y excelente narrador.

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